Obra de Edda Cavarico, acrílico sobre madera
abril 11, 2022

LA CONCIENCIA Y EL ESCRITOR

Por Editor

Ensayo de Edda Cavarico

Mucho se comenta sobre la crítica en las artes, hasta el punto de separar los ensayos del crítico, de la obra en sí.

Se afirma que es la crítica, otra obra, ajena completamente a la intención del autor, muchas veces sorprendente para él pues nunca quiso decir eso o sus fuentes son ajenas. Otros, cuando elaboran el poema o la narrativa bajo criterios semióticos para conseguir efectos o, cuando escriben por contrato o pintan por la misma razón algo ajeno a su Yo, más aún, ven en el crítico un intérprete atrevido.

Contextualizar la crítica o la interpretación es también un abuso; muchos científicos sociales alrededor del psicoanálisis, por ejemplo, aseguran que la interpretación es otra obra, la del lector, construida sobre la del autor.

Sin embrago, y con mis escasos conocimientos, pues solo soy curiosa en la materia, hago las siguientes consideraciones basándome en la obra de Bernardo Álvarez Lince, sobre Método y Creación, titulada “La interpretación psicoanalítica”, con el fin de proponer que a través del análisis de contenido y su propio método, se pudiera elaborar la crítica o la interpretación de las imágenes literarias, con mayor certeza.

Escribir es un proceso íntimo, inasequible al lector en su exacta epistemología o desarrollo de la idea, por la propia oscuridad en que está sumida la palabra.

Dice Álvarez: “La creatividad es una fuerza que revitaliza y enriquece la experiencia del ser humano” -y le agrego- a la vez que desafía el interés intelectual del lector (crítico) por rastrearla hasta la misteriosa fuente.

La verdad del escritor es indispensable en la credibilidad del lector y su identificación con lo expresado en el texto. La verdad del escritores el primer momento; el segundo, la verdad del lector; el tercero, la retroalimentación del escritor con la interpretación o identificación con la verdad del lector sobre su obra, produciéndole un nuevo momento emocional al autor. Y, el cuarto, el momento emocional-presencial (autor-público), como máxima experiencia del arte de escribir, porque su verdad se convierte en auténtica e interactiva. Sin embargo, la verdad fuente, el deseo de escribir, se pierde en el tiempo y pasa al campo de la experiencia, modificada por las emociones.

La memoria, el recuerdo, el deseo y el entendimiento son los responsables del placer, del dolor y la felicidad que llevan al escritor a buscar su lenguaje y seleccionar las palabras con las que procurará no falsear esa verdad-origen del impulsa  a escribir, mientras que en el momento del lector la intuición de éste modifica la verdad del escritor produciéndose dos sueños en vigilia diferentes, dos fantasías, la una con conocimiento del origen vivencial (el escritor), la otra netamente interpretada bajo la creatividad emocional de su momento(el lector).

Sigmund Freud admiró al poeta porque es el único que sueña despierto, teniendo como ingredientes la regresión, la frustración y el conflicto, solucionados con la escritura que se apropia, inclusive, de la experiencia genética; la cantidad de palabras empleadas y la calidad de ellas desde el punto de vista selección epistemológica para el texto, son especialmente determinantes en la desembocadura del conflicto reflejado en la construcción de las imágenes de las emociones.

Las vivencias del escritor que le mueven las emociones, alcanzan con frecuencia el nivel de traumáticas; la liberación la consigue convirtiendo el síntoma en un conjunto de palabras con efecto catártico, una convirtiendo esas emociones en su propio tratamiento para evacuar las neurosis que le pueden estar ocasionando las relaciones con el objeto traumático, guardado en su memoria y las interacciones internas, íntimas, que conforman el conflicto necesario  de solucionar a través sus propias fantasías (metáforas) conscientes o inconscientes en el individuo, generándole el proceso de la escritura.

El contexto de la traducción de las emociones a palabras, amerita el análisis epistemológico de qué hace la crítica con él; tanto en la lectura mediante la cual observa la forma con parámetros  de la preceptivas regente, sino con relación al escritor, con el individuo que logró ceder al dolor y al placer de la palabra.

La expresión literaria no puede  considerarse como el fruto de un taller en el cual el alumno es llevado por la estrategia de un profesor, a expresarse en comparaciones forzadas e impuestas a la personalidad de alumno, creándole sueños artificiales. Habría que esperar a que decante el alumno el aprendizaje y recobre la libertad de expresión desde su Yo.

Es, el verdadero escritor, el autor que lleva la energía de la palabra en el principio de su funcionamiento mental placer-dolor, con su consecuente, el principio de la realidad, de la vivencia única, de la sensibilidad particular que graba las emociones verdaderas que a su vez son producto del intercambio de emociones entre el sujeto y el objeto, posteriores al proceso de identificación del dolor o placer mentales, con el fin de lograr intuitivamente, el escritor, su balance psíquico con mayor o menor grado de narcisismo a través de las pinturas emocionales de las imágenes construidas durante el sueño en vigilia del autor que al despertar habrá modificado el dolor y el placer mentales en  reafirmaciones de su personalidad, negando la realidad mental primaria, al convertirla en pensamiento con tiempo y profundidad específicos, haciéndolos con la palabra permanentes y universales.

Cuando un recital ofrecido por el autor, es asimilado e interpretado por el escucha –que puede, inclusive, ser otro escritor-  el primero no da interés a lo que su par o la crítica construyen sobre sus palabras; él vuelve a sentir y tiene otra vivencia con otro tiempo y otra profundidad, la del momento emocional del instante en que lee y recoge la respuesta de su público haciendo otro análisis distinto al del momento u origen de su poema o escrito literario, ajeno a los símbolos con que representó la vivencia en el poema, puesto que ésta, la nueva emoción, de inmediato lo induce en otra simbología soñadora, mientras existe la posibilidad en el oyente de que en ese mismo momento (escenario) profundice, analice e idealice al escritor y a sus palabras.

Los diálogos  en el ejercicio creativo de construir escenarios y crear personajes que desarrollan acciones en ese escenario, vive cada parte del diálogo de cada personaje, enfrentando la reacción o comportamiento correspondiente a cada uno, como si se revistiera con el otro, con sus personalidades diferentes, en un espacio real, en un tiempo real, en los cuales lo demás es fantasía vívida que a su vez elabora y proyecta otra realidad de la verdad del mundo del autor.

Lo complejo en las personalidades del autor (las de cada personaje), está en la jerarquisación de los mensajes orientados a crear los conflictos y soluciones que correspondan al desarrollo de la historia que está contando, con las emociones propias de las circunstancias y los escenarios creados; por eso, los autores afirman que en su oficio, los personajes les dictan los diálogos; en verdad, las personalidades se apropian del escritor, crecen y diversifican la memoria a la vez que comunican sensibilizaciones  también particulares, instintivas, científicas, primarias y elaboradas de su mundo interno que acaba siendo uno de los mundos interiorizados por el escritor en su mundo propio, crítico e imaginativo.

En el caso que l escritor recurra a su memoria, a las frustraciones o satisfacciones que correspondan a su biografía o apartes de ella, el fenómeno es igual porque es una respuesta al estímulo de recordar y recrear (hasta enmendar lo retenido; pasando el hecho a ser material u objeto de análisis por parte del escritor, con el fin de llevarlo a la palabra con la valoración del hoy de la escritura, como si fuera el sicoanalista de su propia vida, que cobra valor en su conducta personal o personalidad definida del autor si él se detuviera en el análisis de la lingüística una vez que escribe su propia obra vital para descubrir motivaciones inconsciente de sus padecimientos interiores, a través de las señales que dejó plasmadas en los mensajes de los diálogos y las circunstancias reconstruidas por el autor desde su vivencia, desde su estado mental, con el significado que tuvieron y en ese momento tienen para él.